Una de las expresiones de una democracia sólida es la alternancia en el poder. Tras las elecciones locales del domingo, y el indiscutible triunfo de la izquierda, se pone a prueba la madurez de nuestro sistema político y la grandeza de nuestros gobernantes.
Escribo esta columna faltando dos semanas para las elecciones. Así que no sé cuál será el resultado de las votaciones ahora que usted me lee.
Déjeme contarle que he trabajado todo este año en las calles de Bogotá, recorriéndola, descubriéndola y explorándola. Yo soy de esas bogotanas enamorada de mi ciudad. Pero en este tiempo podría decirse que me volví una callejera. A diferencia de muchos que la critican y aborrecen, yo no me imagino viviendo por fuera de este caos.
En el gran México, el izquierdista López Obrador, quien había prometido independencia, dignidad nacional y mil cosas más, no solo cedió pronto a las presiones de Estados Unidos frente a la migración masiva, sino que terminó sometido a la extorsión del narcotráfico, que lo obligó a liberar al hijo de “El Chapo” bajo la amenaza de un baño de sangre.
Sigue haciendo carrera en el derecho penal los testimonios de personas extremadamente locuaces, quienes cuentan los más mínimos detalles de las circunstancias en las que se dieron hechos que son motivo de investigación por parte de la Fiscalía, que aporta estos declarantes como pruebas contundentes para responsabilizar al imputado o acusado con la promesa de retribuirle beneficios como principios de oportunidad o rebaja en el monto de la condena.
Hace unos días, un odontólogo, en medio de su consulta, dejaba que la única delincuente juzgada y condenada en Colombia por delitos electorales, que son un canto a la bandera, se escapara de un tercer piso, en plena calle 117 de Bogotá, a la luz del trancón y de la ciudadanía que circula por la concurrida localidad de Usaquén.
Reposa majestuoso en las serranías entre Tabio y Tenjo a unos cuarenta kilómetros del centro de Bogotá. Fue un portal sagrado que comunicaba con el infinito según la cultura muisca, por él cual descendió el dios Bochica. Y en él esculpieron unas enigmáticas caras gigantes que aún la civilización no logra del todo destruir ni explicar.
Los procesos electorales recientes en el continente siembran inquietudes que se suponían superadas y suscitan reflexiones sobre la salud y fortaleza de los regímenes democráticos. Todo indica que emerge nuevamente un talante autoritario con el que se pretende la permanencia indefinida en el poder de gobernantes, valiéndose de la complicidad de las autoridades electorales y de las solidaridades ideológicas de algunos gobiernos que no se distinguen por su respeto a los Derechos Humanos.
Hay que comenzar por decir que contra lo que se había vaticinado, este gobierno no está haciendo “trizas” los acuerdos de paz que se firmaron con las Farc para implementarlos. Por el contrario, parece estar haciendo esfuerzos importantes.
El señor presidente Iván Duque, en ceremonia que se cumplió en días pasados en la Universidad Sergio Arboleda con ocasión del centenario de su fundador Rodrigo Noguera Laborde, recordó los días en los que solía acudir a clases y las charlas con sus maestros y condiscípulos, con nostalgia y buen humor.
Hace una semana murió Alfonso. Esposo y padre. Debía tener unos 60 años. Era odontólogo. Hacia los 35 años le dio Parkinson y lógicamente tuvo que abandonar su actividad profesional. La enfermedad se lo devoró en una forma atroz. A su lado, Liliam, su esposa. El día del funeral cumplirían 34 años de matrimonio. También, a su lado, sus tres hijos. Pero cuando comenzó el drama, ellos apenas empezaban a vivir. La enfermedad llegó para instalarse, recrudecerse, hacerse invencible y acabar con todo.