¿Qué es acotar la pasión? Es atestiguar al ego, sin juicios, y reconocer que es una gran plataforma para el aprendizaje vital. Ese es el ejercicio más compasivo que podemos hacer con nosotros mismos.
Desde pequeños estamos acostumbrados a juzgar y condenar. Las experiencias que tenemos desde el vientre materno ayudan a que construyamos un ego: ningún ser humano puede saltarse ese hecho, pues la vida está diseñada precisamente para integrar y trascender ese ego, para dejar de girar en las periferias pasionales para avanzar hacia el centro del amor. Y, ante todo, esas pasiones surgieron como correspondencia a los aprendizajes fundamentales que hemos de desarrollar en la vida. El ego es la máscara que cubre nuestro verdadero ser, la que estamos llamados a quitarnos para tener una vida sana, plena y gozosa, que vaya más allá de la felicidad. Libres de juicio.
Como las pasiones son sufrimiento y no amor, cada una de ellas nos encierra en cárceles que nos alejan de nuestra esencia. La envidia nos imposibilita disfrutar la vida; la vanidad nos hace esclavos del qué dirán; la soberbia no nos deja expresar nuestras necesidades; la avaricia no nos permite vivir el flujo del dar y el recibir; la cobardía nos paraliza y nos hace dudar todo el tiempo; la irascibilidad nos impide aceptar la vida tal como es; la gula no deja que sintamos satisfacción con el momento presente; la lujuria nos sumerge en el placer con descuido; la pereza de mirarnos nos hace olvidarnos de nosotros mismos.
Podemos reconocer que esas pasiones existen en nuestras vidas y que no nos dejan vivir en paz, aunque la pasión luzca atractiva. Mirar de frente a nuestras pasiones, sin juicio, es experimentar la compasión. Sí, al amarnos con nuestras pasiones, atestiguando nuestras sombras, lo que nos hace padecer, podemos abrazarnos a nosotros mismos, autocontenernos, aceptar nuestras zonas oscuras y amarnos en y con ellas. La sana autoestima pasa por la compasión, para que nuestro autoconcepto no se vea minado por nuestros errores, sino que estos nos permitan aprender y querernos sanamente con ellos. Verdaderamente, cuando asumimos la responsabilidad de habernos equivocado, y de estar aprendiendo desde esos yerros, nuestro amor propio crece. Lo digo por vivencia propia, no porque ya tenga plenamente integrado y trascendido mi ego, sino porque voy en el proceso, entre mis luces y mis sombras.
Tratarnos compasivamente es reconocer que aún somos pequeños, en el largo y eterno camino de la consciencia. En realidad, somos como niños, aunque desde el ego virgen –sin trabajar– nos creamos muy grandes. Si nos amamos como a nuestros niños, podremos ser tiernos y firmes con nosotros mismos. Y, luego, con los demás.
@edoxvargas
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